Blanca Juárez

13 de junio de 2022

Culiacán, Sin. Aquí, entre los surcos del campo, donde el sol no deja que nada ni nadie se esconda, todas son niñas y niños. Hay quienes se han convertido en abuelas, padres, madres: “Empecé a trabajar a los 10 años”, “desde chiquilla, a los 11”, “uy, fue hace mucho, parece que tenía 7”. Sólo un pequeño grupo sigue de verdad en la infancia: “Tengo 9 años”, “no sé, creo 6”, “¡mañana cumplo 10!”.

La temporada de corte está terminando, pero mientras queden chiles en las matas y verduras en la tierra habrá familias jornaleras. En unos días volverán a casa en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Hidalgo y San Luis Potosí. O migrarán a los campos de Michoacán, Zacatecas o Aguascalientes, o al norte, a Chihuahua, Baja California o Estados Unidos.

“¿Tú también viajas siempre, como yo?”, pregunta Macaria Hernández, una niña jornalera de 8 años. En la diáspora eterna, en el tiempo entre carreteras y campos agrícolas, las niñas y los niños se convierten en adolescentes que forman sus propias familias. Sin escuelas, sin un sistema escolar acorde a su vida nómada, sin ingresos justos para sus padres y madres, sin lazos en su comunidad de origen ni las de destino, lo que queda es tenerse entre sí.

Sentada en el patio de lo que fue una cantina y por esta temporada de cosecha es su casa, Eugenia Acosta recuerda su infancia en el campo, trabajando y jugando. Otra memoria de esos paisajes tiene que ver con el nacimiento de una de sus hijas.

“Andaba en Ensenada, Baja California, cuando empecé con los dolores”. Estaba cosechando cebollas y de pronto sintió que, así como ella las arrancaba de la tierra, algo en su vientre se desenraizaba lastimosamente. Tuvo un parto prematuro de seis meses, fue hace 13 años y desde entonces, cada año, la niña migra con la familia, pero ya no quiere estudiar, dice su mamá.

“Se me hace difícil porque a veces no entiendo y se me olvida”, cuenta ella misma. Sonia Pineda tiene el cabello largo y trenzado, está por pasar de la pubertad a la adolescencia, espera ansiosa ese ese momento. Cuando tenga “unos 17” se cortará el cabello y se irá a trabajar al campo con su familia.

En un campo, cerca de la mar, el pequeño César Pérez carga una cubeta con 10 kilos de chiles, es el mismo número de años que tiene. “Sí pesa, pero yo puedo”, dice. Al terminar el día, a su familia le pagarán 15 pesos por cada cubeta que llenaron, pero en los tianguis o en los mercados de la Ciudad de México el kilo de chile se venderá a 40 pesos.

Jueves Santo. Enganchados en el proceso

El viacrucis comienza en Villa Juárez, municipio de Navolato. A las cinco de la mañana la plaza central hierve de familias que buscan ser contratadas o necesitan transporte, llevan a sus hijas e hijos de diferentes edades. Camionetas de redilas y viejos autobuses las llevarán a uno de los 11 campos de los alrededores. Después de las siete de la mañana ya sólo quedan las personas sintecho.

En las nuevas colonias no hay drenaje, pavimentación, ni luz eléctrica. La urbanización sin desarrollo económico equitativo, ni oportunidades educativas y la inseguridad le están sumando problemas a la comunidad jornalera migrante que se ha quedado a vivir en esta localidad.

“Hace poco un jovencito fue rescatado de los malos”, cuenta la encargada de un programa de apoyo a esa población. Jóvenes y adolescentes jornaleros son enganchados para la venta de droga aquí y en sus lugares de origen, explica.

En febrero, el Congreso reformó la Ley Federal del Trabajo para permitir que adolescentes mayores de 15 años laboren en el campo. Uno de los argumentos fue que ante la falta de empleo, aceptan las ofertas del crimen organizado. Pero no siempre funciona así, pues son enganchados en su actividad laboral.

En Villa Juárez “hay tráfico de armas, violaciones, narcomenudeo, abuso de menores” y feminicidios debido a un grupo del crimen organizado, dijo en enero el coordinador del Consejo Estatal de Seguridad Pública, Enrique Calderón. Se suben a los camiones que transportar a las familias jornaleras para enganchar a adolescentes, dijo.

Lo que vale su vida

“Ya quiere aparecer el calorcito”, dice Juanito Triqui. Los 38 grados de temperatura a la sombra le hacen sospechar eso. Su nombre es Juan López García y es el líder del Movimiento Unificador de Lucha Triqui (MULT) en Villa Juárez.

Llegó a Sinaloa con su familia hace cuatro décadas de San Juan Copala, Oaxaca, un pueblo triqui de población desplazada por conflictos políticos, económicos y sociales. Luego de varios años migrando, él se quedó en Villa Juárez.

Tenía 8 años cuando comenzó a trabajar. Un día, en Ensenada, por algún motivo que no recuerda se quedó en casa y por eso se salvó de ir en un camión que transportaba a los jornaleros y que volcó. Murieron todos, entre ellos, su padre.

La empresa les quería indemnizar con 200 pesos. “Eso es lo que valía la vida de un jornalero”, dice indignado. “Fue la primera vez que la gente protestó y marchamos para exigir una compensación justa”. Esa lucha sembró en él una semilla.

Por años siguió siendo un niño trabajador y pronto, sin detenerse en la adolescencia, se convirtió en adulto. Hace tiempo que dejó los campos para dedicarse a la defensa de los derechos de personas jornaleras.

Emilia no existe

“Los jornaleros no tienen prestaciones, no crean antigüedad, ganan muy poco, dan su vida a cambio de casi nada. Sólo pedimos nuestros derechos”, dice Juanito Triqui.

“Me preocupan más quienes vienen de San Luis Potosí e Hidalgo, porque los contratistas les pagan hasta terminar el trabajo, a los tres o cuatro meses”. En tanto, “les prestan” dinero y les fían productos de su tienda, como en los viejos tiempos porfiristas, pero que hoy podría ser catalogado como trabajo forzoso o trata de personas.

Las consecuencias de esas condiciones no sólo las asumen las personas adultas, también sus hijas e hijos. El acceso a servicios básicos como salud, alimentación y educación reducen las probabilidades de recurrir al trabajo infantil, señala la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

En esta zona está presente la Confederación de Trabajadores de México (CTM), que debería velar por los derechos de las familias jornaleras, el organismo señala tener un programa contra el trabajo infantil. “Yo nunca he visto a alguien del sindicato”, sostiene Rufino Bartolo, jornalero de 69 años. No obstante, cada semana le descuentan 2 pesos de cuota sindical. El hombre lleva 57 años laborando para las agrícolas en Sinaloa, desde que llegó de Oaxaca, a los 12 años.

Rufino ha ido a visitar a su amigo Juanito Triqui a su oficina. La oficina es un cuarto de ladrillos en medio de otros dos de madera, en los que habitan diferentes familias y con un patio de tierra.

Hace rato que Emilia Laureano y su hijo esperan a Juanito. En el rostro de la mujer están calcadas las zanjas de los campos en los que trabaja desde niña y la hacen lucir como de unos 60 años. Ella calcula tener 50.

Emilia y su hijo están sentados afuera de la oficina, pero no existen, no jurídicamente. No tienen acta de nacimiento y ella no sabe cuándo nacieron, no pudo registrar a su hijo, por lo que nunca fue a la escuela y desde niño trabaja en las empresas agrícolas. Recuerda que lo tuvo hace 20 años, en un campo de esta entidad, ella es de Guerrero. Ha venido con Juanito Triqui para que la ayude a existir.

Las escuelitas en WhatsApp

“Mi tesis de licenciatura es sobre la escolaridad de niños jornaleros”, cuenta una joven cuya identidad es mejor reservar. “Sólo si las empresas piden un maestro, las autoridades educativas lo envían. Además, las compañías deben construir un aula”.

Para conocer el sistema, ingresó al Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), “porque los maestros que mandan a esas escuelitas son de ahí”. Comenzó a dar clases en la pandemia, les mandaba las lecciones y tareas por WhatsApp y les visitaba cuando estaban en casa.

“Los papás no tienen con quién dejarlos y con el cierre de las escuelitas, peor. Por eso se los llevan”, sin un sistema nacional de cuidados que se observa más lejano para las familias indígenas y rurales, hay pocas o nulas opciones. Desde abril y mayo las familias regresaron a sus pueblos, pues ya no hay trabajo, pero el ciclo escolar no ha concluido.

Las autoridades educativas les expiden un comprobante para que puedan retomar las clases en su lugar de origen o destino. Pero la constante movilidad les impide estar al corriente y llegan a un grupo que ha avanzado más y que se ha vinculado. “Los niños dicen que no quieren estudiar, pero es porque se siente muy mal de no aprender igual o no tener amigos”, dice la profesora.

En la sede de la sindicatura de Villa Juárez hay un pizarrón donde están anotados los “Problemas urgentes”: espacio en los panteones, bacheo, entrega de despensas, pero no hay nada sobre familias jornaleras, escuelas o seguridad.

Viernes Santo. Gil, el salvador

A 20 kilómetros de Mazatlán está Villa Unión, la principal sindicatura de ese municipio. Y desde el estacionamiento de la tienda Ley se dispersan las familias jornaleras a los campos agrícolas. Por las mañanas, también a eso de las 5, se observa el “mercado de gente”, como lo llama don Feliciano Hernández, jornalero de 78 años, de Tonayan, Guerrero.

“Disculpe, ya me vine al trabajo. El patrón me llamó en la madrugada para que le trajera a la gente y no podré ir por usted. Pero…”, la llamada de Feliciano se corta.

¿Cómo llegar hasta el sembradío? Desde el centro de Villa Unión son más de 30 kilómetros al sur, no hay transporte público y el aliento caliente del sol ya cubre todos los caminos. El pollo loco, una fonda a pie de carretera, parece ser el oasis para detenerse a pensar cómo resolver el problema.

¿Gil? Un joven saluda, pero el paliacate que lleva a modo de cubrebocas y la gorra borran un poco su identidad. Se acerca, sí, ¡es Gilberto Martínez! Tiene 21 años y hace dos horas su esposa dio a luz a su tercer hijo. La muchacha de 19 años comenzó con las contracciones cuando estaban llegando al campo.

“Me la traje luego luego a la clínica”, dice Gil. Por eso está en El pollo loco, porque fue a comprar algo de almorzar para sus suegros. “Ellos se quedan al pendiente porque yo tengo que regresar al campo. Vamos”.

Gilberto empezó a trabajar como jornalero a los 8 o 9 años, no recuerda bien. Su papá “comenzó más pequeñito y sigue trabajando”, su mamá fue una niña jornalera y ahora es una abuela jornalera. Esta familia, de más de 30 integrantes también proviene de Guerrero.

“Todos están allá en las parcelas, los niños también. Es peligroso que se queden en la casa, hace dos meses se metieron a los cuartos de unas familias de Oaxaca, les quitaron todo y golpearon a las mujeres, quién sabe qué tanta cosa les hicieron”.

En Villa Unión, donde rentan temporalmente, no hay guarderías para familias jornaleras. Hay escuelas para las niñas y los niños más grandes, pero al salir se quedarían sin el cuidado de una persona adulta porque sus mamás y papás están en los campos casi todo el día.

Mientras conduce por las calles, Gil va cauto, mirando a todos lados. Los agentes de tránsito les quitaron 5,000 pesos hace una semana. “Nos pedían 15,000 (pesos) porque las placas de la camioneta son de Guerrero y porque llevamos a la gente a los campos”. Gente que es su propia familia.

Por fin logra salir del centro. Del lado izquierdo de la carretera la vista se divide en dos: el cielo y los cultivos, ni uno ni otro parecen tener fin. Del lado derecho, a lo lejos, la mar le pone un límite a la tierra. De pronto, un caserón interrumpe el paisaje. “¿Y eso, de quién es?”. De los malos, responde.

“¡Papá!”, un niño corre descalzo directo a las piernas de Gilberto y se abraza a ellas con toda la fuerza que le dan sus tres años. Sus primos, primas y hermanos andan jugando por ahí. En este campo se cosecha chile y su venta será para el mercado mexicano.

Entre las matas se asoman cabezas agachadas con gorras o sombreros, todos los rostros tienen paliacates. Para distinguirse, las mujeres usan una faldita de licra que ellas confeccionan, se la ponen sobre el pantalón o el mallón. “También es para cubrirnos cuando andamos agachadas”, explica sonrojada una señora.

“Y por si nos manchamos”, dice bajito una adolescente. Tiene 14 años y ganas de platicar mientras no deja de seleccionar y cortar los chiles sin guantes. No hay baños, “vamos lejos, al monte, pero rapidito para no perder el tiempo”. Tampoco hay agua ni jabón para lavarse las manos, “en ‘esos días’ así nos tenemos que cambiar el cuadro (toalla sanitaria) o nos aguantamos hasta llegar a la casa”.

Las niñas, niños y bebés juegan o duermen, van con sus mamás, abrazan a un papá que no es el suyo, se chiquean con una mamá ajena o con la abuela de alguien más. Pero están bajo condiciones climáticas extremas.

“Si los dejamos en la casa, no podríamos con la preocupación de no saber cómo están”, explica una mamá de 17 años. Su beba está recostada sobre un petate, rodeada de su pañalera y unas cobijas, protegida del sol con una sombrilla de playa.

“Parece que hay guardería en El Walamo, pero no alcanza para todos. Además, en otro campo donde anduvimos había una, pero no los cuidan. A una señora la tiraron a su niño y luego la criatura no quedó bien. No les ponen cuidado, a lo mejor porque somos pobres”.

En unas semanas, la esposa de Gil, Martha Hernández, volverá a trabajar con su bebé en la espalda, sostenido por el reboso. Probablemente aquí crecerá el niño, como sus hermanos, como su familia.

Sábado Santo

“¿Has oído hablar del diablillo, conoces su picadura? Yo no lo creía, hasta que me pasó, en el campo, trabajando”, dice Cecilia Abasolo con una mirada que no te deja escapar, cambiando abruptamente de tema y esperando respuesta. “Sientes que te arde la piel y si no te curas, sientes que ardes toda hasta que te mueres”.

Más allá del patio fresco donde estamos, el sol parece ser ese diablo. Es El Rosario, a 75 kilómetros al sur de Mazatlán y a más de 1,500 kilómetros de Oaxaca, de donde vienen.

Elías Santiago, el esposo de Cecilia, lidera a varias familias. En cada grupo familiar extendido hay alguien que lo hace, casi siempre es un hombre. “Comencé como a los 9 años, con mi apá. El patrón me decía que me pusiera abusado, porque un día yo iba a ser el capataz”. Desde niño ha trabajado en campos de verduras asiáticas, que son exportadas a Estados Unidos para la comunidad china en ese país.

Hace menos de 10 años, en la primera empresa en la que trabajó, los patrones, de origen chino, mandaron construir un salón de clases para las niñas y los niños, les daban los útiles y se coordinaban con las autoridades educativas para que siempre hubiera maestra o maestro.

Todo iba bien, pero les aumentaron el trabajo con la misma paga. A veces la recolección era a cielo abierto y otras, dentro de los invernaderos, que “es como estar en el infierno”. La gente le pidió a Elías buscar otro lugar.

La agrícola donde trabajan ahora también es de “verduras chinas”, pak choi, principalmente, una especie de lechuga que crece a ras de la tierra, así que en la época de corte todo el tiempo están agachados y agachadas.

Como esta compañía también exporta, no permite a niños, niñas o adolescentes en la granja. Pero no les provee de escuela. Cuatro niños de este grupo de cinco familias estudian la primaria. La maestra de un pueblo que queda a 1 kilómetro de El Rosario pasa por ellos en su auto y los regresa por la tarde. Sonia, la niña de la trenza larga, va a veces a la secundaria, pero no se siente a gusto.

Las mamás que están sentadas en ese patio explican: “En la escuela, los compañeros les dicen a nuestros hijos que se vayan a su pueblo, o que los jornaleros deben tener su propia escuela”. 

Las empresas exportadoras proporcionan a las familias migrantes un lugar donde vivir. Pero a estas familias las enviaron a una cantina en desuso que sólo tiene dos cuartos, así que tuvieron que dividir el corredor con plásticos negros para hacer recámaras.

Elías se irá pronto a Estados Unidos, el dueño de la empresa también tiene campos en ese país y cada año se lleva a una cuadrilla de hombres bajo el programa H2A.

“Allá se gana más, pero a nosotras no nos contratan, a puros hombres. Aunque acá bien que nos ocupan”, reprocha Cecilia. Cuando Elías se vaya, ella quedará a cargo de las familias, coordinará el regreso a Oaxaca y, en unos meses, el regreso a Sinaloa.

Por suerte, la curandera la curó del piquete del diablillo.

Domingo de resurrección. El albergue que no sirve

En Teacapan, municipio de Escuinapa, termina Sinaloa y comienza Nayarit, ahí hay un albergue para familias jornaleras. Está a 140 kilómetros al sur de Mazatlán, a unas dos horas de distancia, o cuatro si te toca viajar en “El Racing”. Para llegar hasta allá, primero hay que viajar al centro de Escuinapa y luego tomar otro autobús.

En la espera del transporte hay tiempo de tomar un café. La dueña de la cafetería fue cocinera en Estados Unidos por 10 años, antes de ser deportada, le cuenta al hombre que toma su desayuno.

Por fin llega el autobús que va para Isla de Bosque y Teacapan. El automóvil desvencijado tiene su nombre escrito en el tablero: El Racing. Pero apenas agarra carretera, una bicicleta nos rebasa.

Después de la marcha más lenta del mundo, estamos en Teacapan. “Quién sabe dónde quedará exactamente el albergue, camine sobre la carretera, por ahí aparecerá”, informa un lugareño.

“A ver, Ceballos, traiga la camioneta”. El comandante de la policía de Teacapan le ordena a Dimas Ceballos, pescador, agricultor, pequeño empresario, bombero y voluntario de seguridad, mostrar las cercanías del albergue. Esto no parece seguro. En México, casi en cualquier parte, los cuerpos policiacos nunca parecen seguros, mucho menos para las mujeres.

Pero Ceballos y la camioneta ya están aquí. “Adelante, adelante”, ordena el policía. Es hora de enviar ubicación en tiempo real, mensajes y fotos. “Los días buenos fueron jueves y viernes, viene mucha gente a las playas, se pone bonito, ¿verdad? Pero es más trabajo, porque hay que cuidar la seguridad, ¿verdad?”, platica Ceballos.

“Mire, ahí está el albergue”. Se encuentra cerrado. Su construcción concluyó en 2020 con una inversión de más de 17 millones de pesos, pero nunca se ocupó “porque se inunda”.

Pasan de las 4 de la tarde, el último camión a Mazatlán, desde Escuinapa, sale a las 9 de la noche, pero en Isla de Bosque nos esperan Luisa Cundapí y sus niñas.

Los viajes de Miriam

—Si se apareciera un hada, le pediría que fuéramos felices.

—Y cómo sería ser felices?

—Sin problemas, sin peleas ni gritos, con una mesa y comida —explica la niña.

Miriam es la segunda hija de Luisa Cundapí, una mujer de 31 años, originaria de Chiapas. Tiene un hermano mayor, de 14 años. Ella tiene 9 y sus hermanitas, 8 y 6 años. Su casa en esta temporada de corte es un cuarto de tres por tres metros, ahí viven las cinco. No alcanzaron espacio en el albergue de Isla de Bosque que sí funciona.

“Me gusta ir al campo porque allá no me aburro, orita andamos cortando chiles”, dice, sentada sobre la cobija que en las noches es su colchón. Las arpillas (costales) que llena se las pagan a su mamá al final de la semana a 45 pesos cada una. En el albergue hay escuela y de vez en cuando asiste, pero no le gusta ir.

Sus papás se separaron hace poco. Él formó otra familia, también jornalera, pero a veces va a verlas para dejarles 70 pesos para su manutención, en ocasiones hasta 200 pesos, y para pedirle a Luisa que lave su ropa o lo deje quedarse cuando está borracho.

Para este día, Luisa quería ofrecer un ceviche de camarón, típico de Sinaloa, pero perdió el dinero de “la raya”, como le llaman a su salario semanal. “No sé dónde traigo la cabeza, seguro se me cayó en la tienda”, se lamenta mientras calienta el pozole. Pidió prestada una banca de madera para que fuera la mesa y apenas cabe en el cuarto.

Todo lo que hay en esa casa son algunas cobijas, ropa y zapatos, los botes que usan para la cosecha, una parrilla y una pequeña despensa distribuida en bolsas de plástico que cuelgan de la pared. En el predio hay tres baños compartidos para todas las familias jornaleras que rentan ahí.

“Le digo a Miriam que vaya a la escuela, es por su bien, además no se puede quedar aquí sola. Una señora cuida niños, pero cobra 100 pesos el día, sería trabajar para ella”. Luisa está ahorrando para irse a Ensenada, una de sus hermanas trabaja en los campos de allá y en unos días partirán.

Entre Chiapas, Oaxaca —de donde es su papá—, Sinaloa y Baja California, Miriam prefiere Chiapas, porque allá está su familia. “Allá se oyen los pájaros, no se oyen gritos”.

La beba con covid

Son casi las 8 de la noche y Ramón Hernández, jornalero, quiere hablarnos y decirnos que el año pasado le dio covid-19 y que su beba, de 11 meses en ese entonces, también se contagió. La internaron en Culiacán, a 318 kilómetros de Isla de Bosque.

“Como que retrocedió, antes la poníamos en la andadera y ya se paraba”, dice angustiada Angelina Matías, su mamá. Pero ahora la beba de año y medio no puede ni sostener su cabeza. “Dice la huesera que seguro la lastimaron al cambiarla, pero a lo mejor quedó mal de la enfermedad”. En este mes la volverán a llevar a Culiacán para descartar o confirmar alguna secuela permanente. Ojalá sea lo primero, sumarle una discapacidad a la vida que enfrentará como hija de jornaleros es demasiado.

“Vamos a Escuinapa, le doy raite”, dice amable Ramón. En el camino cuenta que son de Chilapa, Guerrero. Pero cuatro años que no van, pues el crimen organizado extorsiona a las familias jornaleras, pensando que regresan con mucho dinero. Queman las casas si no les pagan la cuota, “o los matan”.

Pasan de las 9 de la noche, el último camión a Mazatlán acaba de irse. ¿Y ahora? “Buenas, ¿necesita algo? Yo estaba en la mañana en la cafetería”. Es el hombre que platicaba con la dueña, acerca de cuando la deportaron.

“Aquí ya no van a salir camiones, pero en el crucero de la carretera puede que pase uno. La llevo, ahí está mi taxi”. Las alertas internas se vuelven a encender, esto podría ser muy inseguro, pero ¿qué otras opciones hay?

En el crucero dos mujeres esperan a alguien, platican amables y sugieren opciones para resolver este problema. Casi a las 10 de la noche, a lo lejos, se asoman las luces de un autobús de pasajeros, en el letrero dice: “Hermosillo, Sonora”.

—Voy para Mazatlán.

—Sí, súbase, paso a la central de Mazatlán.

Suspiro.

Lunes de Pascua

Petra Flores casi llena el cuarto bote de chiles, cada uno pesa alrededor de 10 kilos. Cuando colma el último, agarra dos con cada mano y los levanta hasta su espalda para entregarlos a unos metros de ahí, donde un grupo de hombres y un niño de 10 años los seleccionan. Los intercambia por cuatro fichas, al final del día le darán 15 pesos por cada una.

Vuelve a la línea de chiles para seguir cortando y ya sólo carga los 10 kilos de su embarazo de 8 meses.

Tiene 16 años, es su primer bebé. “Desde niña ayudaba en lo que podía, pero empecé bien a trabajar como a los 11 o 12, por ahí”. Hace un mes que la reforma permite que adolescentes de más de 15 años laboren en el campo, pero ella estaba ahí antes de eso. La reforma legalizó lo que ya ocurría.

En este campo, cerca de La Guásima, a 60 kilómetros al sur de Mazatlán, hay varios niños y adolescentes trabajando. Aquí está el pequeño César Pérez, de 10 años, dándose tiempo para cargar un bote e ir a ver a su hermanito de tres años que juega debajo del camión que están llenado.

Los niños más pequeños, como él que tiene la estatura de un niño de 7 años, cargan sólo un bote, los más grandecitos hasta dos. De vez en cuando se detienen a tomar el agua que llevan en una garrafa de plástico y que seguramente estará caliente. La mayoría anda descalzo o con calcetines, les es más fácil andar así entre la arena, donde están los sembradíos.

Feliciano Hernández, el jornalero de 78 años con quien habíamos quedado el viernes, cuando Gil apareció al rescate, es uno de los que escogen los chiles. Una parte de la producción va para Estados Unidos, así que deben ir bien seleccionados, explica el dueño de la cosecha, un joven que nació en esta parte del sur de Sinaloa. Un niño de 9 años, con playera roja y gorra negra, trabaja a la par de Feliciano.

No utilizan químicos tóxicos porque, al llegar a Estados Unidos, “les hacen pruebas a los chiles y si detectan una de esas sustancias, va pa’trás”, explica el dueño. Por esa razón, más que por los jornaleros, no usan productos nocivos.

También está aquí Verónica Hernández, una de las nietas de Feliciano. Ya cumplió 13 años. El año pasado platicamos con ambos sobre su trabajo en el campo y ahora nos encontramos bajo este potente sol.

Hoy no les pagaron, hasta mañana. Pero hay algo nuevo y muy bueno en la familia de Feliciano: compraron un terreno que está cerca de la mar, donde construyeron una casa con cuatro habitaciones para más de una docena de integrantes. La cocina está afuera, tiene un fogón con un comal de barro muy grande para las tortillas y un molino para el maíz.

“Ya nos vamos a quedar aquí”, dice Feliciano, sentado en el patio luego de un día de trabajo de más de 8 horas. Las mujeres recogen la casa, preparan la cena, lavan la ropa, bañan a bebés, cocinan algo para mañana, adelantan tareas para no pararse a las 4 de la madrugada, sino a las 4:30.

Toda una vida de ir y venir desde Tonayan, Guerrero, hasta Sinaloa, y finalmente se asentarán. Verónica dice que le gusta aquí, “pero ya no voy a Acapulco”, lamenta. Al menos tendrá un lugar fijo para vivir gracias al trabajo de sus abuelas y abuelos, de su mamá y su papá, pero también a su propia labor como jornalera y los ingresos que generó. Falta resolver lo de la escuela, la salud y la alimentación, lo básico.

“Me dijeron que va a ser niña”, dice Petra Flores. “Siento un poquito de miedo, pero también es gusto. A lo mejor ella sí va a estudiar, yo no pude”, dice y levanta sus cuatro botes. “A lo mejor le sigue aquí, también es bonito trabajar”, agrega como para convencerse a sí misma.

Información publicada en: https://www.eleconomista.com.mx/capitalhumano/Entre-carreteras-y-campos-agricolas-Un-viaje-a-las-infancias-trabajadoras-20220610-0075.html

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