Julio Pomar*

Si se habla de insufribles, son así de evidentes las tres huelgas mineras que desde hace 16 años están vivas a través del sacrificio de los varios miles de trabajadores que las sostienen contra viento y marea.

Se dice fácil, pero éstas se consideran las huelgas más graves y violentas de los últimos tiempos. La Jornada ha dado noticia regularmente sensata y firme de esta situación, lo que debería constituir un baldón de vergüenza para el tóxico empresario Germán Larrea. Sin embargo, este empresario –que alguna vez, en el ya remoto pasado de más de 14 años, los trabajadores en huelga se le pusieron enfrente en plan de resistencia– tuvo la osadía de aventarles a la mesa de negociaciones su chequera para que ellos pusieran la cifra que les acomodara, cosa que los obreros simplemente ignoraron, pues no era sino un desplante de su arrogancia estúpida, como insufrible sigue siendo su abuso contra ellos en todos estos tiempos.

Después de 16 años en huelga, hasta la fecha no hay poder que obligue a Germán Larrea a ceder en sus absurdas posturas y que se entre en una negociación que lleve a todos los sectores a un acuerdo sensato, con el fin de que estas tres huelgas se levanten de inmediato. 

Pero es evidente que los trabajadores no cederán en sus posturas, absolutamente lógicas, sobre todo porque están encabezados por un gran dirigente gremial, el senador Napoleón Gómez Urrutia, y éste, como lo ha demostrado a lo largo de estos 16 años, no dará su brazo a torcer.

Será un acto de justicia el que, en dado caso, se escenifique en este terreno de las tres huelgas. No obstante, el tóxico empresario Larrea está empeñado en demostrar que no hay peor negociador que él en esta arena laboral y que la tatema no le funciona bien. A Larrea no le basta tener concesiones mineras a raudales, así como ferroviarias y de otras ramas industriales a granel, para demostrar lo estúpido que se puede ser cuando los multimillones obnubilan todo el entendimiento patronal. Sin embargo, de que estas tres huelgas se resolverán a favor de los trabajadores no cabe la menor duda, como no la hubo desde el momento en que hace más de 14 años la chequera de Larrea voló a manos de los sindicalistas. Esto será el final, lamentable para el empresario, de una vida de trastornos mentales.

Sólo debemos esperar unos días para que esto ocurra.

* Periodista

Información publicada en: https://www.jornada.com.mx/2023/08/01/opinion/012a1pol

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