Mariana de Pablos

Es un hecho social e históricamente comprobado que la vida laboral es más compleja para las mujeres que para los hombres. A la violencia en razón de género y a los estereotipos, así como a los impasibles techos de cristal y a la falta de reconocimiento de los trabajos no remunerados de cuidados y del hogar, habría que sumar, además, la brecha salarial de género.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en el artículo 123, apartado A, fracción VII, se señala que “para trabajo igual debe corresponder salario igual, sin tener en cuenta sexo ni nacionalidad”.

Asimismo, la Ley Federal del Trabajo en su artículo 86 indica que “a trabajo igual, desempeñado en puesto, jornada y condiciones de eficiencia también iguales, debe corresponder salario igual”.

Pese a estas leyes y a los convenios que se han celebrado a nivel internacional, la realidad es que en nuestro país no se cumple a cabalidad con esta disposición.

Según datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en 2022 la disparidad salarial entre hombres y mujeres en México fue de 14 por ciento. Es decir que, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), a este ritmo, la igualdad de remuneración entre mujeres y hombres no se logrará antes de 2086.

A nivel local, de acuerdo al estudio “Las mujeres en San Luis Potosí. Estadísticas sobre desigualdad de género y violencia contra las mujeres” realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) las mujeres ganan, en promedio, 3 mil 858 dólares PCC, mientras que los hombres 10 mil 175 lo que significa que ellas ganan alrededor del 38 por ciento de lo que ganan los hombres.

Estos altos niveles de violencia económica y desigualdad en el lugar del trabajo a los que están sujetas la gran parte de las mujeres en México, no solo acentúan la brecha de género, sino que, además, según la OIT, “son un factor que da lugar a una de las mayores injusticias sociales de la actualidad”.

La explicación para esta disparidad es compleja. Sin embargo, algunos de los factores que explican estas desigualdades y que habría que tomar en cuenta para alcanzar la justicia remunerativa y la equidad salarial en beneficio de cualquier trabajador o trabajadora, sin importar el sexo de la persona, son, por un lado, que las mujeres dedican más del doble de tiempo a actividades no remuneradas, el cuidado de la familia y del hogar, por ejemplo.

Fátima Hernández Alvizo, abogada y consultora con enfoque en derechos humanos, perspectiva de juventudes y género, explicó lo siguiente:

“El trabajo, que a partir de la división sexual del trabajo, se había encaminado para nosotras tenía que ver con la reproducción, la crianza y el trabajo de cuidados. Entonces cuando las mujeres queremos ingresar al espacio laboral público, está todo esto ¿no? Que tengamos una doble o incluso triple jornada porque tenemos un trabajo remunerado, luego tenemos un trabajo formativo académicamente y nuestro trabajo de cuidados”.

A ello habría que añadir, además, que derivado de la jerarquía que prioriza lo masculino sobre lo femenino, los trabajos domésticos y de cuidados no sean considerados importantes, a pesar de que, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, el trabajo no remunerado, realizado principalmente por mujeres (73%) ronda los 11 billones de dólares o nuevo por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) mundial.

Otro factor que se relaciona con la desigualdad salarial son los estereotipos de género que, por un lado, ocasionan que los trabajos de cuidados estén fuertemente feminizados. Es decir, que las mujeres ingresan menos dinero en comparación a los hombres, al realizar trabajos socialmente menos valorados.

Estos estereotipos a su vez establecen una serie de barreras y obstáculos al interior de las organizaciones de trabajo que dificultan que las mujeres puedan ascender en la jerarquía y accedan a puestos de alta dirección. El bien conocido “techo de cristal”, en el que el prototipo ideal de directivo es masculino.

“Pareciera que hay una idea construida socialmente en donde nuestros trabajos son menos valiosos o los hacemos por hobbie, o los hacemos mientras nos casamos porque la idea interiorizada en la sociedad es que nosotras solo apoyamos el aporte principal que es el de los hombres”, indicó la abogada.

Si bien existe una institucionalización de la prohibición de trato desigual y discriminación en razón de género, “no hay un seguimiento o una política pública especifica que busque combatir esto”. Lo cual deriva en que “las mujeres sigamos sin salir de los ciclos de pobreza. Lo cual además genera que sea complicado para muchas de nosotras poder romper los ciclos de violencia porque esta desigualdad económica termina siendo un ancla que impide que se rompan estos ciclos”.

Desde esta perspectiva, siguiendo a Fátima Alvizo, algunos pasos a seguir para enfrentar esta problemática son el diseño de una política pública específica y, sobre todo, pedagógica que le dé seguimiento a las formas que adquiere la desigualdad salarial en todos los rubros laborales; y a la manera en que la discriminación basada en el género contribuye a que se agrave esta problemática en México.

“Me parece que una de las primeras cosas que tendríamos que hacer como sociedad es el reconocimiento del sistema nacional de cuidados en todos los estados porque es importante que entendamos que el reconocimiento del trabajo doméstico es fundamental para el avance de todos y todas como sociedad”.

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