La mayoría de las mexicanas trabaja en condiciones de desigualdad respecto a sus compañeros hombres. Atrapadas entre el techo de cristal y el suelo pegajoso, las mujeres desempeñan tareas con salarios más bajos y con menos opciones de ascender y desarrollar una carrera. A la violencia generalizada que viven en un país golpeado por los feminicidios, hay que sumarle la discriminación y el acoso en el ámbito laboral. EL PAÍS recoge el testimonio de ocho trabajadoras ―una científica, una trabajadora del hogar, una política, una chef, una artista, una bartender, una policía y una deportista― que narran las desigualdades y violencias que vive cada una en su entorno laboral por el hecho de ser mujer.

Las trabajadoras en México ganan entre un 13% y un 27% menos que sus pares hombres por realizar las mismas tareas, de acuerdo a cifras del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), y solo un 4% de los puestos de direcciones generales de empresas en la Bolsa Mexicana están ocupados por mujeres. En 2020 la Secretaría del Trabajo hizo público que el 26% de las empleadas dicen haber vivido algún tipo de discriminación o violencia laboral. De las más de 109.000 renuncias por hostigamiento laboral y violencia psicológica en el trabajo que hubo en México el año pasado, 66.581 fueron de mujeres. El 60% del total.

A esto hay que sumar las denuncias por violencia sexual que año tras año se repiten. Un 27,9% de las entrevistadas en 2021 en la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) declaró haber vivido algún tipo de violencia en el trabajo, una cifra que ha aumentado respecto a la anterior encuesta de 2016. Esta violencia que viven las mujeres en su trabajo las excluye de sus espacios laborales, daña su autoestima, su salud, integridad e impide su crecimiento dentro de las empresas.

La falta de conciliación entre la vida laboral y la vida personal, los escasos permisos de maternidad y una cultura empresarial que castiga a las mujeres embarazadas ―es la principal causa de despido injustificado en México― siguen siendo algunas de las asignaturas pendientes para las mujeres en las empresas. El 73% del trabajo de cuidados no remunerado también lo llevan a cabo las mujeres, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística (INEGI). Además, cuatro de cada 10 tienen a su cargo todas las responsabilidades domésticas, seguido de un 22% que tiene que encargarse de algunas de las tareas. Así, la mayoría de ellas no tiene tiempo suficiente para sí misma, lo que incide negativamente en la calidad de vida y en las posibilidades de labrarse una carrera profesional. Estas son algunas de sus historias:

Vanessa Arellano,

33 años

Despedida por ser superviviente de abuso sexual

Vanessa Arellano recibe sonriente y arreglada en la puerta de un laboratorio clínico al norte de Ciudad de México. En la puerta hay un cartelito que refrenda lo que, a veces, a ella tanto le ha costado creer: doctora Arellano, jefa de laboratorio. El camino a esa estabilidad ha incluido superar varios meses de abuso sexual y laboral en su antiguo lugar de trabajo, la velada discriminación diaria por ser mujer científica y el sentimiento asfixiante de creer que, por mucho que haga, una nunca es suficiente.

Estudió Biología, en el Instituto Politécnico Nacional, porque le parecía que era abrir la puerta al mundo de las cosas que no conocemos; se especializó en el estudio del cáncer tras la muerte de su abuelo a causa de esa enfermedad e hizo la maestría y el doctorado en Medicina y Biotecnología Molecular. Alumna concienzuda, la única mujer en algunos de los grupos de investigación, recibía encargos de los maestros: “Ve tú por la biopsias que tus compañeros nunca llegan temprano”, “ordena tú esto, ya sabes cómo son los hombres de malhechos”.

La ciencia es un entorno complicado para ser mujer. La exigencia de publicar tesis y artículos, el trabajo absorbente y sin horarios, obliga a las mujeres a elegir entre ser madres o avanzar en su carrera profesional. Arellano todavía está apostando por lo segundo.

“También ocurre mucho que se roben tus créditos”, apunta la científica, en referencia a cómo jefes o asesores se aprovechan del trabajo técnico y operativo de ellas para llevarse el reconocimiento. “Tampoco podemos ir solas a hacer el trabajo de campo porque es peligroso”, explica sobre los estudios de ecología de nuevas especies de plantas o animales en comunidades alejadas donde se han registrado abusos a sus compañeras.

Y, además, está el acoso. “Yo había vivido episodios de micromachismos, diferencias de género más implícitas, pero luego llegué a una institución federal y ahí ya no hubo límites”, refiere. La científica tenía 30 años cuando entró con un contrato externo a procesar muestras en un instituto de Gobierno donde no había suficiente personal. Cuando un compañero empezó a tocarla sin su consentimiento, los responsables la castigaron a ella. Tenía que cargar las hieleras más pesadas, procesar las muestras más riesgosas, mientras el abuso sexual continuaba. Lo despidieron a él pero también a ella. Puso una denuncia junto a otras compañeras que habían vivido el mismo hostigamiento sexual. Salió de allí pensando que no valía nada.

Tres años después, se esfuerza con terapia y trabajo en recomponerse. “Hace unas semanas estaba como ‘no he hecho nada, no sé nada, no soy nadie’. Ahora estoy tratando de reconocer todo el camino que hice”.

Nancy Rojas,

43 años

La batalla por la dignidad del trabajo doméstico

Que el conocimiento es poder, Nancy Rojas, nacida en Medellín (Colombia), lo entendió enseguida. Tras trabajar y formarse en el cuidado de niños, en 2002 aterrizó en Ciudad de México de la mano de un matrimonio, colombiano él, mexicana ella, al que conocía por haber cuidado a la madre del primero. El panorama que vio no le gustó. De todos los trabajadores de la casa (unos seis, entre chóferes, cocineras y cuidadoras), ella era la única con seguro social. Las faltas de respeto eran constantes, las jornadas interminables y los permisos laborales un deseo inalcanzable. Peleó para hacer valer sus derechos y la tensión con la patrona se volvió insostenible. El segundo año consiguió que dieran de alta a sus compañeros, pero dos años después decidió dejar la casa y trabajar en otro hogar.

“Cuando me fui, ella me dijo: ‘No puedes quedarte en México, porque yo te traje y te tienes que ir’. Yo le dije que por qué, si no era propiedad suya, y su respuesta fue: ‘Vamos a ver quién tiene más poder, si tú o yo”, recuerda Rojas. La trabajadora ganó el pulso porque conocía el terreno. Se aseguró de poner todo en regla con su nuevo empleador y, cuando la señora acudió a Migración para intentar deportarla, se topó con un muro. “Siempre que traen a una trabajadora, no piensan que estás prestando un servicio, sino que son tus dueños”, denuncia. De complexión pequeña y mirada profunda, Rojas habla con la voz de quien se sabe con la razón: servicio doméstico no significa servilismo.

Las mujeres representan el 93% en un sector que emplea a 2,3 millones de personas en el país, según el Instituto Nacional de Estadística. La peor suerte la corren las extranjeras. “Muchas vienen engañadas y acaban siendo víctimas de trata”, lamenta Rojas. Otras se exponen al abuso. “Yo lo viví viniendo de Colombia, pero también ocurre con las mujeres que traen de los Estados: de Puebla, de Oaxaca… No se saben expresar bien, no han estudiado, y aprovechan para pagarles menos”, explica.

La trabajadora, estudiante de cuidados paliativos en la UNAM, es también activista en el CACEH, un centro que capacita y asesora a las mujeres del sector. Con él ha llegado a diez Estados del país, pero su meta es llegar a todas en todo el territorio: “Así como yo lo hice, ellas también pueden. Si tú no luchas por tus derechos, ¿quién va a luchar?”.

Andrea Chávez,

26 años

El demérito de ser mujer en la política

“Si yo tuviera tetas, ya sería secretario de Estado”. Esa es la frase que un senador le dijo a Andrea Chávez a los pocos días de que ella comenzara a trabajar como secretaria particular en la Cámara de Senadores. Tenía apenas 21 años pero nunca se le va a olvidar la forma despectiva con la que le habló el legislador, dando por hecho que por ser mujer había conseguido ese puesto tan joven. Cuatro años después, es diputada federal del partido Morena y aunque es más difícil que alguien le vuelva a decir algo así en su cara, a diario se topa con políticos que la tratan con condescendencia por ser mujer y por ser joven. “Subyace en la narrativa, subyace en el trato que te dan cotidianamente”, asegura.

Por el contrario, en redes sociales sus críticos no tienen límites. Nueve de cada 10 comentarios, según sus cálculos, son presunciones sobre su vida sexual y de cómo ha llegado a su curul. Basta con leer las respuestas a cualquiera de sus publicaciones en Twitter. Todas afirmaciones. La acuestan con el presidente Andrés Manuel López Obrador, la emparejan con el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, aunque ambos podrían ser por la edad su papá o, incluso, su abuelo. “Nadie, ninguna mujer, tendría que ser interrogada sobre su vida sexual. Ninguna mujer, ni en el ámbito privado ni en el ámbito público. Así de fácil”, sentencia.

Cuando su mamá estaba embarazada de ella, los doctores le dijeron que sería niño. Si hubiera nacido Emiliano, como la querían llamar, no se enfrentaría a esta discriminación o tal vez tendría que afrontar menos obstáculos en la jungla de la política mexicana. Pero Andrea no sólo nació mujer, nació un 8 de marzo.

Sandra Moreno,

42 años

Una chef que busca recuperar su vida

“Le di más de 15 años de mi vida a la cocina y no pude más”, asegura Sandra Moreno. Para ella, cocinar tenía un halo romántico que le recordaba los cariños de su abuela, una mujer dura que solamente se daba el tiempo de ser sensible a la hora de enseñarle a preparar platillos. Hace más de 20 años, entró a trabajar en un restaurante en la colonia Condesa de Ciudad de México y supo que quería dedicarse a la gastronomía. Pero después las cosas cambiaron.

Siempre ha sentido que la de chef es una profesión muy dura, “sobre todo si eres mujer”. En el Instituto de Arte Culinario Coronado, una de las escuelas de gastronomía más importantes de México, un grupo de 10 mujeres y 10 hombres comenzaron al mismo tiempo. Solamente ella y otra compañera se graduaron; Moreno fue la única que ejerció profesionalmente.

Pero antes, incluso, de entrar en el mercado laboral “ya sufría discriminación”: “Tenía un profesor que decía que no pararía hasta que dejara la carrera solamente porque soy alérgica a la mayonesa. A un hombre nunca le hubiera dicho eso”. Los docentes las ignoraban. No les permitían entrar a concursos o clases especiales. “En la industria se escucha todo el tiempo que las mujeres no nacen para ser cocineras profesionales sino cocineras del hogar, piensan que nosotras no tenemos buen gusto y que no podemos estar tanto tiempo de pie”.

Moreno, sin embargo, ha trabajado en Las Vegas y Mississipi, en Estados Unidos; en San Sebastián, en España; en Vallarta, Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México, en su país natal, y ha dirigido cocinas.

La chef usa lentes de pasta, le encanta vestir con gorras y ropa negra. “Estoy muy en medio de los dos géneros, no soy tan femenina pero tampoco tan masculina”, dice. Como parte de la comunidad LGBT+, considera que encontró otro aspecto de violencia. Cuando sus compañeros se enteraban de que era lesbiana, la empezaban a tratar “como a un vato”. Un golpe en el brazo, la pérdida del espacio personal y el colmo, la tocaban. “Entre ellos se nalgueaban, pero a mí se me acercaban de otra manera justificándose con que era de compas”, dice y explica que incluso perdió empleos por intentar poner límites.

La discriminación de la industria fue clave para que Moreno decidiera dejar los fogones. Aún trabaja en el gremio pero tuvo que darle la vuelta a su camino: “Tengo 43 años, ya me chuté el sueño de ser una gran cocinera, sé que es una fantasía. Ahora busco recuperar al menos diez años de mi vida”. Con un proyecto al que se incorporó hace un año, ahora trabaja como asesora en una empresa que hace proyectos para cadenas de restaurantes y comida rápida, lo disfruta. La industria culinaria es tan pequeña que Moreno decidió que no apareciera su nombre real en este reportaje.

Galia Eibenschutz,

52 años

Una carrera artística ralentizada para ser madre

Un biombo de madera troquelado divide la vida profesional y la vida familiar de la artista plástica, coreógrafa y performer Galia Eibenschutz. Una al alcance de la otra. De un lado, está su estudio, donde tiene decenas de bocetos para el próximo performance que dirigirá: una propuesta que surgió cuando empezó a dibujar cactáceas durante la pandemia; serán siete bailarines en escena que se desnudarán y convertirán sus trajes en esculturas. Del otro lado, está el resto de la casa, donde vive con sus hijos. El mayor nació hace 18 años, cuando ella estudiaba una maestría en Ámsterdam. El primer año había obtenido una beca, pero el segundo le negaron el apoyo porque la universidad consideró que los ingresos de su marido eran suficientes para que él pagara.

“Estaba en otro país sin familia que me cuide el hijo; tenía que cuidarlo yo porque el papá tenía que trabajar y, además, ¿él iba a pagar mis estudios? No quise eso”, cuenta Eibenschutz. Entonces, dejó la maestría y regresaron a México. “A él le empezó a ir muy bien y había que apostar por esa carrera. Yo trabajaba en huequitos mínimos”, explica. Cuando recibían visitas, los colegas veían los dibujos de los niños en la pared y el comentario se repetía: “Claro, con un papá artista…”. Trabajaban juntos, pero para el medio del arte, él era el artista y Eibenschutz, la performer y mamá de sus hijos. “Era como si toda mi obra fuera del trabajo con él no valiera. Se me quitaba todo tipo de autoría”, cuenta. Cuando se separaron, las oportunidades de trabajo empezaron a llegarle “inmediatamente”.

Eibenschutz es menuda y poderosa; tiene los ojos celestes grandes y la sonrisa amplia. Está sentada y habla con todo el cuerpo. El mundo del arte sigue teniendo para ella códigos “muy masculinos”: “Hay una competencia brutal y tienes que producir, producir, producir. E ir a inauguraciones, a ferias, a cenas, estar bien vestida, aparentar tener dinero… Las artistas que tienen hijos van mucho más lento. Yo ya voy atrás”. Ella disfruta la maternidad, pero ahora quiere centrarse en su trabajo. Aunque a veces –no puede evitarlo– siente culpa: “A las artistas de mi edad o mayores nos costó muchísimo. No digo que a las de ahora no les cueste, pero sí es una gran diferencia”. Un paso para centrarse en ella y en su creación será sacar el estudio fuera de la casa.

Siomara Bojorquez,

26 años

El machismo detrás de la barra de un bar

Como bartender se viven tantas historias de desigualdad que Siomara Bojorquez no sabe por dónde empezar. Decide hacerlo por la más reciente. En un evento dentro de un hotel de Ciudad de México, un hombre le pidió varios cocteles. Cuando le preparó el tercer Vesper Martini, el cliente le hizo una pregunta que Bojorquez todavía recuerda con asco: “¿Te puedo grabar mientras lo haces? Es que eso me excita mucho”. Un compañero siguió atendiendo a ese hombre para que ella no tuviera que hacerlo, pero no pudo sacudirse esa sensación de vulnerabilidad.

Bojorquez lleva trabajando en hostelería desde los 18 años. Ha pasado por varios puestos, desde cocina hasta mesera, pero donde más ha notado el machismo ha sido preparando bebidas. Más allá del acoso de los clientes y de que sus compañeros se sorprendan de que puede cargar cajas y bolsas de hielo de hasta 25 kilos como el resto del equipo, cuenta que detrás de una barra es donde hay más problemas para que se reconozca a una mujer como autoridad. “Tuve a un chico sin experiencia a mi cargo. Yo era su jefa y cuando le pedía cosas me respondía: ‘A mí no me va a mandar una mujer”, recuerda.

Esa desigualdad hacia ella, una diferencia notable de actitud solo por su género, también viene desde arriba. “Mi jefe iba a dejar su puesto y lo asumí yo. Me dijeron que me iban a pagar lo mismo que a él. Con los meses, descubrí que a él le pagaban mucho más por el mismo puesto”. Al final, amenazó con marcharse y le igualaron el sueldo. “Por el simple hecho de ser una chica las llevas de perder. No debería ser así, pero es la realidad en la que vivimos”, lamenta.

Con todo, ella decide luchar mediante la resistencia. “No hay que dejarles que te hagan sentir menos”, reivindica, pero reconoce que no es tan fácil para todas. Pone de ejemplo a una de sus amigas del sector que se fue a Estados Unidos a trabajar en cocina. “Un día el chef le pidió que trajera algo de la cámara fría. Entró con ella y cerró la puerta para pedirle que se bajara el pantalón y le hiciera lo que él quisiese. Cuando se negó, amenazó con despedirla”, narra. Su amiga le contó a sus superiores lo que ocurrió y el acto quedó impune. Ella finalmente renunció y, del miedo, no volvió a pisar una cocina. “¿Cuántas mujeres habrán pasado por esa situación y por miedo o necesidad habrán aceptado?”, se pregunta Bojorquez.

Karen Ortiz,

42 años

La conquista de las mujeres dentro de la policía

Cuando Karen Ortiz ingresó a la policía de Ciudad de México, tenía apenas algunas compañeras mujeres. Era 2002 y la apertura del cuerpo policial era mínima. Hoy, 21 años después, tiene 42 años y ocupa el puesto de inspector general encargado de la alcaldía Benito Juárez, como ella se refiere a su cargo. Es la única mujer policía a cargo de una alcaldía de las 16 que hay en la ciudad. Llegar hasta ese puesto ha sido una carrera de obstáculos que no ha parado de sortear con optimismo.

Madre de dos hijos, recibida de dos carreras universitarias, Ortiz trabaja a tiempo completo. Lo que pase en su demarcación recae sobre ella. Compensar vida personal y laboral es un desafío que sufre a diario, tanto ella como todas sus compañeras del departamento, algunas incluso se han convertido en jefas de familias. Muchas han pasado su vida profesional intentando demostrar que aquel comentario que habían escuchado de que las mujeres no podían, no era cierto. “Claro que sí podemos”, dice, “un ejemplo son muchas de mis compañeras”.

Al final del día, cuando salen a la calle con el uniforme, todos corren el mismo riesgo, agrega. Un problema que han enfrentado las mujeres de la Secretaría de Seguridad es la vigilancia que han tenido que hacer durante las marchas feministas, que en años anteriores volcaban su enojo contra ellas, entre otros actores. Para Ortiz, eso ha cambiado, y desde el 2022 las mujeres que se manifiestan han tenido gestos cariñosos con ellas, como llevarles flores o abrazarlas durante las protestas. “Creemos a lo mejor en las mismas peticiones, pero traemos uniformes y eso hace la distinción, pero no dejamos de ser mujeres”, dice.

Con el uniforme impecable, un peinado elaborado y una sonrisa constante, Ortiz asegura que la evolución que vivió la policía está marcada en las cifras: “Cuando yo entré había como cinco mandos mujeres operativas, hoy somos más de 70″. Aunque reconoce que aún faltan cosas por cambiar, como incluir a personas transexuales en el cuerpo policial o que una mujer alcance el puesto de secretaria de Seguridad, algo que no ha pasado nunca hasta ahora. “El proceso ha sido divertido, ha sido complicado, pero lo hemos logrado y seguimos trabajando de la mano para que sigamos evolucionando”.

Nora Ochoa,

23 años

Los prejuicios hacia las mujeres en un deporte de contacto

A Nora Fernanda Ochoa Pérez el entusiasmo se le desborda en la sonrisa. Es joven, con una energía arrasadora. Nació hace 23 años en Chihuahua, en el norte de México, de donde son también algunas de las mejores corredoras del mundo, indígenas. Y es justo por ellas y otras “menos privilegiadas” por las que quiere seguir ganando medallas en lo que es, desde que era muy pequeña, su más grande pasión: las artes marciales mixtas. Pertenece a una generación de mujeres que sienten más optimismo por el futuro, y que tienen claro que algunos de los obstáculos más poderosos para lograr grandes cosas, es la propia mente cuando se pone límites.

Ochoa empezó practicando taekwondo a los cuatro años, y a los 16 ya estaba inmiscuida en las artes marciales mixtas, en donde hace uso de todo su cuerpo, de su fuerza física y de la estrategia para vencer a sus contrincantes. Siempre ha sentido que con sus compañeros y compañeras el trato es de empatía. La discriminación, el desconocimiento y los prejuicios llegan siempre de fuera. “En los deportes de contacto siempre las mujeres somos minoría. Y ha sido siempre fuera del ambiente deportivo donde he recibido comentarios despectivos, como ‘qué haces ahí si eres mujer, ese es un deporte para hombres’. Todavía existe ese estereotipo en la sociedad”, cuenta Ochoa. Pero ella sabe que mujeres como ella pueden ser campeonas del mundo.

Ochoa lo desea más que nada. Eso es lo que la representa, la certeza permanente de que, a pesar de que aún queda mucho camino por transitar, a ella no la obligarán a abandonar sus sueños. Es consciente del legado de sus ancestros, pero también de la posición “privilegiada” que ella tiene para plantearse su propio futuro: “Me ha tocado buscar patrocinios por mi cuenta, tocar puertas, estar en los semáforos pidiendo apoyo económico. La gente de Chihuahua es muy empática y yo creo que de ahí viene el mayor apoyo, de las personas que están aquí en la ciudad”, cuenta.

Se le ilumina la mirada con solo imaginar que el próximo mundial esté cerca: “Yo planeo traerme el oro. Ya hemos estado a un pasito, solo quiero poner la bandera de México en el primer lugar de artes marciales mixtas amateur” dice con ánimo impetuoso. “Una generación que mujeres anteriores a mí tuvo que aventarse la lucha de romper el estereotipo y de abrirnos camino, y siento que la responsabilidad que tenemos yo y mis compañeras, las mujeres que ya estamos en el ámbito competitivo, es mantener esa puerta abierta para las niñas que vienen detrás de nosotras”.

Información publicada en: https://elpais.com/mexico/2023-03-08/ocho-mujeres-ocho-formas-de-combatir-la-desigualdad-en-el-trabajo.html

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