Luis Hernández Navarro

Lejos quedaron los primeros de mayo en que (Arturo Cano dixit) los obreros estrenaban uniformes aunque conservaran a los mismos líderes sindicales de siempre. Hoy, algunos dirigentes gremiales se han renovado porque los anteriores han muerto, pero, en su mayoría, siguen siendo los de siempre. Los recambios en las grandes centrales o federaciones pueden contarse con los dedos de las manos. Lo que no se ve en los desfiles o las concentraciones son nuevos conjuntos de vestir deportivos ni ropa de trabajo recién salida de los talleres de confección.

Quedaron atrás, también, esos Días del Trabajo en que la entrada a los zócalos de las principales ciudades se disputaban, palmo a palmo, entre dos bandos. De un lado, los líderes oficialistas que se creían dueños de la efeméride, y movilizaban a trabajadores con playeras rotuladas con el logotipo de su organización, gorras apenas usadas, bandas de guerra, matracas, confeti, golpeadores y pancartas de apoyo al señor Presidente. Del otro, el sindicalismo independiente y sus aliados, con demandas de aumento salarial, exigencias de democracia sindical, mantas de protesta y puños en alto.

Con frecuencia, la disputa por las plazas, devino en batallas campales. Así pasó, por citar dos ejemplos entre muchos más, con la insurgencia obrera de Cuernavaca en 1974, y con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), en la Ciudad de México en 1982. En 1989, la misma coordinadora, encabezando un gran destacamento de fuerzas amigas, logró entrar triunfante al espacio vedado del Zócalo, después de que el contingente oficialista terminó de marchar.

El sindicalismo independiente conquistó un primer gran triunfo emblemático en 1995, cuando Ernesto Zedillo abandonó el balcón presidencial, y se fue a celebrar con los charros al Teatro Ferrocarrilero. Estaba fresca su traición del 9 de febrero de ese año, cuando, después de ofrecer negociar al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), mandó al Ejército a la selva Lacandona a tratar de capturar a su comandancia. Ese año, los disidentes tomaron combativamente la plaza mayor.

En 2001, por aquello de que representaba el cambio, Vicente Fox siguió el ejemplo de su antecesor y prefirió encerrarse con los jerifaltes gremiales en Los Pinos. Igual, en agosto de ese año, junto al Legislativo, decidió no honrar su palabra de cumplir los acuerdos de San Andrés.

Muy distantes quedaron aquellas conmemoraciones de la fiesta de los explotados. En años de cambios y transformaciones sociales, el movimiento obrero pareciera estar debilitado, muy lejos del papel de vanguardia que en alguna ocasión se le asignó. En medio de un archipiélago de siglas, cuatro grandes agrupamientos buscan representar a los trabajadores. Entre ellos están: un desvencijado y marchito Congreso del Trabajo, que agrupa a las viejas centrales otrora oficiales; la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), con telefonistas y universitarios por delante; la Nueva Central de Trabajadores-Sindicato Mexicano de Electricistas, y el sindicato minero de Napoleón Gómez Urrutia y sus aliados en el transporte. Adicionalmente, actúan agrupamientos en regiones maquiladoras, en ocasiones cobijados por abogados laborales. Muy activa es la presencia de centrales y sindicatos estadunidenses, que actúan en el marco del T-MEC.

Dos iniciativas han hecho que el marcador entre capital y trabajo no sea tan abultado en favor de los empresarios. El salario mínimo se incrementó de 88 pesos diarios en 2018 a más de 207 pesos en 2023. Y la prohibición del outsourcing, que benefició a los trabajadores.

Sin embargo, tres hechos muestran cómo (con sus asegunes) las fuerzas sindicales realmente existentes están muy lejos de responder a las necesidades de los trabajadores. Según el reportaje de Jared Laureles en este diario ( https://shorturl.at/ajuN5 ), sólo cuatro de cada 100 contratos colectivos están vigentes. La reforma laboral de 2019, producto directo de los compromisos pactados en el T-MEC, estableció la obligación sindical de validar ante la autoridad laboral los contratos colectivos que controla. Fijó un plazo de cuatro años para hacerlo. El tiempo ya transcurrió (aunque se podrán resolver los conflictos hasta el 31 de julio). Eso significa que los contratos de protección sobrevivirán. Se avecina una disputa de pronóstico reservado por los contratos.

El segundo tiene que ver con el rezago de los salarios en el producto interno bruto y la evolución de la brecha laboral, documentada por Clara Zepeda en este periódico ( https://shorturl.at/fgoQW ). La participación de los salarios en el PIB, a pesar de una mejora relativa, dista de acercarse a los niveles que tuvo en años anteriores. Por su parte, los rezagos laborales siguen fuertes. La brecha laboral está a niveles anteriores a la pandemia, es decir, no satisfactorios.

La tercera consiste en la falta de organización sindical y la explotación salvaje de jornaleros agrícolas y trabajadores de aplicaciones. ( https://shorturl.at/cMRZ3 ). Los saldos positivos de la balanza agropecuaria en México tienen un rostro invisible: la devastación ambiental y la explotación salvaje de la mano de obra. El gran éxito de la agricultura de exportación mexicana camina de la mano del abatimiento de los mantos freáticos, el agravamiento de la dependencia alimentaria y la despiadada utilización de jornaleros agrícolas en las fincas agroindustiales. Son inhumanas las relaciones laborales a las que se ven sometidos unos 2 millones.

Algo similar ocurre con quienes chambean en las plataformas digitales. Ninguna empresa cumple con los derechos de casi medio millón de trabajadores. Las empresas ni siquiera los consideran operarios, sino “asociados”, el nombre de la nueva esclavitud laboral. El México bárbaro sigue. No es sólo un asunto de desigualdad. La explotación continúa.

Twitter: @lhan55

Información publicada en: https://www.jornada.com.mx/2023/05/02/opinion/017a1pol

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