Por Graciela Rock

11/4/2023 

Sin políticas públicas que transformen la organización social de los cuidados, las tareas del hogar se siguen cargando en las mujeres al interior de las familias o externalizándose a través de un sistema clasista y sexista de precariedad. 

“Busco empleada doméstica DE CONFIANZA”, “Señora para limpieza, cuidado de niños, ancianos y mascotas. Tengo referencias”, “Me urge chica que ayude con las labores de la casa, ¿alguien conoce alguna?”. 

En México, nueve de cada 10 personas empleadas del hogar son mujeres. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, 2 millones 400 mil personas se dedican de manera remunerada al empleo del hogar, que comprende el 10% de la fuerza laboral femenina del país. La economía de los cuidados ha sido invisibilizada, naturalizada como acciones “domésticas”, de la esfera privada, feminizadas bajo un argumento esencialista. El modelo neoliberal del capitalismo impulsó, además, una externalización de los trabajos de cuidados y del hogar

Los trabajos de cuidados comprenden, a grandes rasgos, tres grupos principales: los cuidados directos, enfocados en relaciones como cuidar de las infancias o de personas dependientes; los cuidados indirectos o de las condiciones de cuidados, en los que entran los comúnmente considerados tareas del hogar, cocinar, limpiar, hacer la compra, pagar facturas, todo lo que se necesita para poder ejercer los cuidados directos; y la gestión de los cuidados, también llamada carga mental, es decir, la planeación de los cuidados directos e indirectos. Los trabajos de cuidados abarcan todo lo que se requiere para que los sujetos, las personas, sean sujetos “productivos”, que se desarrollen en labores remuneradas de creación de capital. 

Desde hace décadas, autoras feministas, como Silvia Federici, han apelado a que los trabajos de cuidados sean remunerados en todos los casos, principalmente para visibilizar la carga que representan. Sin embargo, aún hasta hoy siguen siendo considerados un ejercicio “natural”, particularmente para las mujeres que son quienes más los ejercen, tanto de forma remunerada como no. Cada día las mujeres en México dedican en promedio cuatro horas más que los hombres a labores de cuidados, y en general, mientras más altos los ingresos del hogar, menos horas dedican sus integrantes a ellas. 

Es un tema de género, pero también de clase. Las mujeres marginalizadas, empobrecidas, indígenas, campesinas, expulsadas de sus territorios, asumen tareas de cuidados en los hogares donde mujeres de clases medias y altas se han incorporado a un mercado laboral que no piensa en la conciliación ni en la corresponsabilidad, o de aquellas que menosprecian los trabajos de cuidados. Esta externalización se alimenta de un sistema con poca regulación, que favorece la precariedad y la discriminación. Según la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis), uno de los principales problemas que enfrentan las personas que se dedican al trabajo doméstico remunerado es la falta de prestaciones laborales.

En México, existen al menos tres instrumentos legales en los que se abordan específicamente los derechos de los y las trabajadoras del hogar: la Ley Federal del Trabajo, la Ley del Seguro Social y el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificado en 2019. Este último, obliga a los Estados a crear políticas públicas que aseguren para las trabajadoras del hogar condiciones de empleo dignos, derechos de libertad sindical y acceso a la justicia.  El artículo 334 Bis de la Ley Federal del Trabajo señala el derecho a vacaciones, a pago de prima vacacional y de días de descanso, seguridad social, aguinaldo “y cualquier otra prestación que se pudieren pactar entre las partes”, la Secretaría de Trabajo y Previsión Social tiene incluso disponible un contrato modelo

Sin embargo, y a pesar de las recientes reformas que hace obligatoria el alta en la seguridad social, únicamente 2.4% de las trabajadoras (remuneradas) del hogar han sido dadas de alta ante el Instituto Mexicano del Seguro Social. Algunas trabas son burocráticas, como los reportes de que al darles de alta, las trabajadoras son informadas de que únicamente recibirán atención los días que tienen contrato con un empleador, y otras son sociales. Trabajos como “Habitaciones de servicio” de Daniela Ortiz o “En una casa. Genealogía del trabajo del hogar y los cuidados” de Ana Penyas y Alba Herrero, exploran las estructuras políticas y sociales en Latinoamérica y España relacionados con los trabajos del hogar, los modelos de empleadas de planta (o internas) en los que no existen horarios definidos o días de descanso, o las relaciones de poder entre quienes realizan los trabajos y quienes los contratan. 

No es un tema menor, ni de la esfera privada. Los Estados han omitido su corresponsabilidad en las tareas de cuidados, promoviendo modelos mercantilistas frente a la necesidad de conciliación familiar, como la sugerencia de hace algunos años de que se le pague a los abuelos por el cuidado de nietos como alternativa a estancias infantiles eficientes y seguras. Algunos países, como Argentina, ha implementado políticas como pensiones de jubilación para mujeres que hayan dedicado sus años “productivos” a tareas reproductivas y de cuidados, o la renta mínima para amas de casa en España. Estas políticas atienden problemas reales de desprotección económica en las tareas de cuidados, sin embargo, no presentan una solución frente a un modelo roto y abusivo. 

Como sociedad, frente a un sistema de explotación voraz de cuerpos y territorios, de crisis en pensiones, de salud mental al límite, de catástrofe climática, debemos pensar colectivamente sobre un nuevo modelo de cuidados que pueda sostener la vida, y de forma muy importante, cuál es esa vida que deseamos sostener.

Información publicada en https://lasillarota.com/opinion/columnas/2023/4/11/trabajo-del-hogar-los-cuidados-ni-amor-ni-ayuda-423521.html

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